Hacia la interfaz indiscreta

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Nuevo curso, nuevo artículo en EMBED tratando de reflexionar sobre las interfaces en el cine, a partir de varios ejemplos del audiovisual español reciente, como “10.000 km” y “Open Windows”.

A veces nos da por enviarle a alguien un vídeo musical por Facebook. Ponemos en su muro una canción que tenga un significado común, más o menos explícito y, justo después de pegar el enlace, solemos darle de nuevo al play, para volver a escuchar la canción, pero esta vez sabiendo que ya es un sentimiento compartido, algo que ya no pertenece a nuestra intención sino al muro de alguien y que ese alguien estará dándole también a play en ese mismo instante. Y nos tomamos un rato recreándonos en ese momento especial.

Otras veces estamos enfadados con alguien que está a distancia (o no tanta) y tratamos de enviarle un email que le haga llegar a esa persona lo que sentimos, aunque sabemos que estamos en caliente. La forma de decirlo importará mucho, porque las palabras ahí se quedan y no sabemos en qué situación estará la otra persona cuando lo lea. Nos ponemos a escribir y entramos en una especie de catarsis en la que nos soltamos y empezamos a decir cosas incluso hirientes, hasta nos recreamos en ellas. Pero no somos capaces de darle a enviar. Borramos y escribimos otra vez. Lo que sale ya no es enfado sino autocompasión, y tampoco le damos a enviar, no se trata de humillarse tanto. Volvemos a borrar y al final escribimos algo breve y aséptico, que no muestre nuestro estado de vulnerabilidad pero que nos dé al menos lo único que en el fondo queremos: una respuesta, algo, lo que sea, para saber que la otra persona está ahí y tiene un pelín de su atención puesta en nosotros. En este proceso hacemos algo más que pensar, porque verbalizamos nuestros sentimientos y además los ordenamos poniéndolos por escrito. Es un ejercicio de comunicación fallido porque nadie lo llegará a ver, pero consigue salir de nuestro cerebro y tontear hasta el límite con la idea de que traspase la barrera del botón de “enviar”.

Ambos son ejemplos de situaciones emocionalmente complejas que no existían antes de internet ni generaban materialidad textual susceptible de ser reflejada en el cine. Las dos son secuencias de la película “10.000 km” (Carlos Marques-Marcet, 2014) que se acaba de estrenar en Filmin, y que nos da pie a observar cómo el audiovisual español reciente está contribuyendo a renovar el lenguaje cinematográfico tomando prestados códigos expresivos de las pantallas con las que convivimos diariamente en internet.

Continúa.

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#hacerwebdoc

Eventos

La compa Lucía Andújar me llamó hace un tiempo para ver si quería ayudarle a organizar un evento en Madrid para poner en contacto a la gente interesada en el documental interactivo y que compartiese experiencias prácticas, fuese con obras acabadas o con proyectos en marcha. El marco era el festival Documenta Madrid, que estaba interesado en acoger algún contenido sobre estas nuevas prácticas, junto a Intermediae, que nos facilitaron la comunicación y la producción del evento, con un fantástico espacio en el Matadero. Con el apoyo de EMBED y DOCMA y la colaboración del Lab de RTVE.es, nos pusimos a preparar el encuentro “Cómo se hace un webdoc?”. Para los amigos y tuiteros, #hacerwebdoc.

Del patrimonio al procomún: archivos audiovisuales en internet

Artigos

 

La materia prima de la remezcla es el archivo. Las imágenes compartidas forman nuestro código fuente audiovisual, que necesitamos alimentar, conservar y reproducir. En la era digital, convertir kilómetros de cinta en bytes es mucho más que un cambio de formato: supone abrir los archivos y ponerlos a disposición del público, que en muchos casos es también su legítimo propietario. A partir de aquí, hay una serie de cuestiones relacionadas con los nuevos conceptos de propiedad de las imágenes que deben ser abordadas, pero también muchos asuntos técnicos que determinan el modo en que preservamos y divulgamos, la manera en que permitimos y animamos a los ciudadanos no solo a ver sino a apropiarse de las imágenes para crear nuevos discursos. Se trata, en definitiva, de cuidar el patrimonio audiovisual para convertirlo en procomún digital. Se está haciendo en muchos sitios, y de formas diferentes. En esta serie de artículos veremos el qué, el quién, el porqué y el cómo hacerlo.

Más en EMBED.at.

 

Voyeurismo contra la línea de tiempo

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La revolución del vídeo que nos prometía internet no era el espacio (distribución) sino el tiempo (narración). Y está llegando gracias a artistas como Jonathan Harris o a aplicaciones como Vine.

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La tecnología cambia nuestra relación con las imágenes: tanto el modo en que las vemos como la manera en que las producimos. Cuando del vídeo se trata, la web y los móviles nos empiezan a dar poder sobre la línea temporal que sostiene esas imágenes, de modo que nos permite intervenir en el «tiempo fílmico» y crear nuevas gramáticas que van mucho más allá de los formatos tradicionales pensados para meternos a ver una película en una sala. Como hizo en su día el videoclip musical, pero ahora de forma no lineal, en diferentes pantallas y controlando el tiempo con nuestra propia mano.

Con estas gramáticas hay autores que llevan tiempo experimentando, como Jonathan Harris, con trabajos ambiciosos en su concepto y ejecución, pero también se está abriendo todo un nuevo campo para microformatos de vídeo que permiten jugar con la línea de tiempo y condensar la vida cotidiana, más o menos puesta en escena, gracias a aplicaciones para móviles como Vine.

Artigo completo en EMBED.